¿Acaso me volveré algún día tristemente viejo? ¿mudaré, como los pájaros que peregrinan, una capa -a lo sumo jirones- de inocencia? Qué terrible. Yo tan solo espero no consumir el crío que refugio, si apenas refugio aún algo de él. Mantengo escasos recuerdos de mi infancia, el tiempo es inevitable erosión. Pero los retengo con fuerza, y recuerdo luminosidad, fascinación, estupor por el mundo que observaba, por las connotaciones con las que se cargaba cada recoveco de existencia, de realidad, de vida. Es triste reemplazar la magia de la inocencia por una dura, agotadora y oscura razón.
Agárrense, de vez en cuando, a las carantoñas, patitas de zancudo en la piel, de la inocencia.
Capítulo de El principito, inconmensurable obra. Gracias.
VIII
"Al quinto día, de nuevo gracias al cordero, el secreto de la vida del principito me fue revelado. Me preguntó con brusquedad, sin preámbulos, como fruto de un problema largamente meditado en silencio:
- Si un cordero se come los arbusto, también se come las flores ¿no es así?
- Un cordero come todo lo que se encuentra
- ¿Hasta las flores con espinas?
- Sí, hasta las flores con espinas.
- Entonces, ¿para qué sirven las espinas?
Yo no lo sabía. Estaba tan ocupado tratando de aflojar un tornillo demasiado apretado. Me sentía muy preocupado porque la avería empezaba a parecerme muy grave, a la vez que el agua para beber se estaba agotando, lo que me hacía temer lo peor.
- ¿Para qué sirven las espinas?
El principito no renunciaba jamás a una pregunta que había formulado. Como yo estaba muy irritado por el desperfecto mecánico, le respondí para salir del paso:
- ¡Las espinas no sirven para nada, es la maldad de las flores que las hace brotar!
- ¡Oh!
Y después de un breve silencio, me dijo con cierto resentimiento:
- ¡No te creo! Las flores son débiles. Son inocentes. Se defienden como pueden y las espinas hacen que se sientan terribles...
Yo no le respondí. En ese momento pensaba: "si este perno todavía se me resiste un poco más, voy a tener que hacerlo saltar de un martillazo". Pero el principito interrumpió nuevamente mis reflexiones:
- Tú crees, de verdad, que las flores...
- ¡No hombre, no! ¡Yo no creo nada! Te respondí lo primero que se me ocurrió ¡no ves que estoy ocupado en cosas serias!
Me miró estupefacto.
- ¡De cosas serias!
Me veía con el martillo en la mano, los dedos manchados de grasa y un objeto que para él era muy feo.
- ¡Hablas como los mayores!
Esta exclamación me produjo un poco de vergüenza. Pero él, sin la menor consideración, añadió
- ¡Lo confundes todo, lo mezclas todo!
Estaba verdaderamente irritado. El viento sacudía sus cabellos dorados.
- Conozco un planeta donde vive un señor muy colorado. Jamás ha olido una flor. Jamás ha admirado una estrella. Jamás ha amado a una persona. No ha hecho más que sumas. Se la pasa repitiendo al igual que tú: ¡Yo soy un hombre serio...! ¡Yo soy un hombre serio! Y se hincha de orgullo. Pero para mí no, no un hombre ¡es un hongo!
- ¿Un qué?
- ¡Un hongo!
El principito estaba pálido de rabia.
- Hace millones de años que las flores fabrican espinas; hace millones de años que los corderos, a pesar de ello, se comen las flores. ¿Y no es cosa seria tratar de comprender por qué las flores hacen el esfuerzo de fabricar sus espinas que para nada les sirven? ¿No es importante la guerra de los corderos y las flores? ¿Y no es mucho más serio es importante todo esto que las sumas de un señor gordo y colorado? Y el que yo conozca una flor única en el mundo, la cual sólo existe en mi planeta y que un corderito pueda destruirla de un solo golpe sin darse cuenta de lo que hace ¿no es importante?
Enrojecido prosiguió de esta manera:
- Si alguien ama a una flor y no existe más que un solo ejemplar en millones y illones de estrellas, esto es motivo suficiente para que alguien se sienta feliz cuando la mira. Se dice "Mi flor, está aquí, en alguna parte..." ¡Pero si el cordero se come la flor, para él es como si de repente todas las estrellas se apagaran! ¿¡No es esto importante!?
Ya no pudo decir nada más. Estalló bruscamente en sollozos. Era ya de noche. Yo había abandonado las herramientas. ¡En ese momento no me importaban ni el martillo, ni el tornillo, ni la sed, ni el hambre, ni la muerte porque: ¡En una estrella, en un planeta, el mío, la Tierra, había un pequeño príncipe, a quien tenía que consolar! Lo tomé en mis brazos, lo mecí y le dije "la flor que amas no corre peligro... Yo le dibujaré un bozal... yo dibujaré una armadura para tu flor. Yo..." No sabía qué decir. Me sentía muy torpe. No sabía cómo consolarlo, dónde encontrarlo... ¡Es tan misterioso el país de las lágrimas!"
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